lunes, 24 de enero de 2011
carta a nadie.
Llegaste por la noche, en aquella calle de pueblo sin farolas, estabas detrás mio y llegaste para quedarte. Como nada es para siempre yo me emborrache de ti –y tú de mí, supongo- con la entrega de un enfermo terminal. Con mis labios tatué la pasión en tu cuello, a últimas horas de la noche. Pasaron 20 días y nos dijimos adiós, dejando atrás tormentas dulces y escapadas en secreto. Unos cuantos kilómetros nos separaron, y luego el comienzo de un nuevo curso cicatrizó nuestras pulsaciones, y no tuvimos más remedio que vivir, otra vez, como hacía 8 meses, sin estar el uno con el otro.
Y ahora, ¿Por qué te escribo? Porque me llenabas, me partías en dos, me besabas, me sonreías, me llamabas y preguntabas que tal, me acariciabas, me prometías volver a verme, me hablabas de tu música, me decías hasta mañana, me llevabas por los tejados, me alterabas, me dabas cubata, me enseñabas a fumar, me mirabas, me cogias de la mano para ir a tu cuarto, me hacías sudar, y me tocabas, lo justo y necesario, el botón de los celos.
Por todo esto, y porque te echo de menos, quiero dormirme de nuevo en tu pecho (aunque no lo hiciera bien), quiero enredarme en tu pelo, subir a tus labios, tocarte los huevos, apagar el minisol, deshacer tus sábanas, quiero vivir el minuto, soñar tus sueños, regar tus plantas o ponerlas a secar, quiero hacerlo sin prisa, sin pausa, o hasta que el destino grite basta, o hasta que tu te canses o yo me canse, o vengan otros tiempo y todo cambie.
NI es pirotecnia literaria ni palabrería con algo de emoción y rima, es nuestra historia, breve, pero solo nuestra, y una cosa te voy a decir, para que la tengas siempre clara: te quise mucho, y te quiero, bastante.
SIEMPRE TUYA.
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