Me preguntó si llevaba la barba demasiado larga, y después de negarlo me dejó acariciarla; en el momento, se me puso la carne de gallina, hacía tanto tiempo que no la sentía en las yemas de mis dedos, me quedé parada un momento, sonreí; me hizo recordar tantas cosas que habíamos vivido, como disfrutamos al máximo los buenos momentos, como poco a poco llegaron los malos y como lo perdí; cuantísimo echaba de menos su barba, pero también su mentón, su barbilla, sus mejillas; joder, aún estaba enamorada de él, ¡y tanto que lo estaba! pero no podía hacer nada en ese momento.
Entonces tosió, pestañeé rápido, había pasado el tiempo y mi mano seguía ahí rozando su cara, -lo siento, me he quedado empanada- dije, pero el sabia lo que pasaba, acarició mi mano que aún no se había despegado de él, y la cogió, la puso entre sus rodillas, la frotó delicadamente y sonriendo dijo -no pasa nada ma-.
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