lunes, 21 de mayo de 2012
Maestro de la salsa.
Despierto con los dedos húmedos, la ropa pegada a la piel, jadeante, sola y una imagen borrosa de la tormenta que atacó mis sueños me invade. Esta tiene nombre, y tres apellidos. Parece que mi pensamiento me ha vuelto a fallar como tantas otras veces, a posta. Me confunde los sentidos y anuda mis deseos al subconsciente perverso del que nunca salen, que solo sabe que transformarlos en gemidos imaginarios y roce. Me hace pensar en el deseo más enfermizo que jamás me había penetrado las ideas, que tras su paso eriza mi piel. Que comienza por sus pantalones, y lo acabo yo, sobre sus piernas desnudándolo mientras el tiempo no avanza. Por que en unas condiciones normales es imposible que mis dedos rocen semejante lujuria sin caer en el infierno, sin que baje Dios a supervisar la gloria que me envolvería. Sin que él se asuste de sentir lo nunca escrito únicamente provocado por el tacto de mis dedos en su piel. Húmedos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario