En aquel momento pensé en ocultarme para siempre entre el rubor rojo de mis sábanas, comenzar el último sueño y quedarme perdida en el sin saber que ocurriría si tal vez despertase. Pero mi idea no era despertar. Era entregarme al recuerdo con un cadáver decente, y por lo menos, viva en el mundo de los muertos, perturbar la conciencia de quien me amó y ya no lo hace.
Pero la sorpresa quiso que los colores no entraran por mi y que apareciese alguien interesado en la inmortalidad de las llamas. Me hizo fuego, y tal vez no inmortal, pero si consiguió resucitarme de mis pensamientos de autodestrucción definitiva. Me hizo suya, y de momento, el fuego que entre los dos hemos avivado tiene, por mi parte, proyectos de vivir eternamente.
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