domingo, 24 de marzo de 2013

La aplicación de la escalera.

Me arranca los pendientes del deseo con los dientes, mientras va mordiendo el epicentro de mi pecado. Y pecar por ser demasiado amiga de la lujuria, por rendirme demasiado pronto al placer. Desearía poder perder mi cuerpo entre su tacto, desgastar una vida entera, incluso cuatro, con tal de que me prueben cada uno de sus sentidos. La presión que la gravedad ejerce contra su burbuja, y necesidad incestuosa de saciar a nuestros paladares con palabras. Que nada queda. Nada muere. Y que de la nada han surgido nuestros pensamientos para abrirnos los ojos hasta nuestro destino. Trampa que han colocado los colores tristes y en la que tal vez estemos dispuestos a dejarnos caer.
Jodido regalo el del fuego eterno que mastico entre gemidos, placentera gula que me alimenta cuando más hambrienta estoy. Mis manos usurpan el trono de la gloria, las suyas buscan desesperadas un centímetro del piel virgen. Varias palpitaciones cubren el emisferio norte de nuestros pensamientos, no nos queda nada. Yo maldigo a Satanás por soplar tu esencia hasta mi, y tú maldice a mi Dios por permitirme construir mi refugio entre tu áurea.

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