Mi cuerpo se desplaza juzgando las incongruencias del ser humano. Se roza con los defectos, se estampa contra los miedos, y se alimenta del amor de las almas. Me he sentado encima de todo el poder del mundo y lo único que puedo hacer es sonreír. El estallido de los sentidos entre las fronteras de mi cabeza van a conseguir que explote formando más de trescientos castillos. Es la música de los dioses, el sonido que crea su sudor cuando entra en nuestro humilde planeta.
Mi mente trata de rozar los límites metafísicos de nuestra existencia. Intega juzgar por qué nuestros pasos llegaron a crucarse. Por qué se ha derrumbado un cielo para caer bajo nuestros pies expectantes ante el deseo, puro placer arrancado de mis muslos. Lujuria absoluta la que desencadenaba los modales y nos hacía pertenecernos, nos aficionaba al contacto espiritual y a la creencia de que los días llegan. Que el tiempo no está roto, que no están jodidos. Que no estamos vivos.
Resucitar mis recuerdos para buscar el futuro, hablar de la muerte a gritos y vivir cada segudno que me quede.
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