Aquel lugar guardaba secretos. No importaba la cantidad de humo que se concentrara entre sus paredes, sus ventanas jamás fueron abiertas al exterior. Éramos los de dentro, los de siempre, quienes manejábamos los pies del mundo, quienes dirigíamos el paso de la humanidad. Tan felices fuimos que ni siquiera recordamos, y solo los latidos, robados, que se volvieron inmortales pueden acercarnos un poco a la que fue nuestra realidad.
Se convirtió en vida, unas semanas, unas canciones, y unas horas; marcó las constantes de nuestros corazones para que creásemos escalofríos. Abandoné el amor a los pies de una cruz, lo dejé morir mientras todos miraban y se reían de los vértices complejos de su composición. Se que no va a volver. Dejé viudos mis gemidos, supliqué que los resucitaran y los trajeran junto a la comisura de mis labios; pero nadie escuchó. Malditos sean.
Creí que existíamos todos, que aquello fue real. Una familia cimentada en los pecados capitales, y por ello, un ecosistema donde nos fuimos matando los unos a los otros. Echar de menos es de débiles, y así de frágil me siento ahora mismo.
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