lunes, 24 de junio de 2013

Capitán lengua.

Parecía idílico paseando desnudo sobre su caballo, recorriendo el angustioso trecho de su balcón bajo la atenta mirada de mi persona, que esperaba, impaciente, a que él me devolviera el cruce de pupilas. Daba vueltas, alzaba su espada de juguete, y hacía reverencias a nadie con el sombrero. Hasta que me vio. Salió asustado de su juego, y trató de ocultarse de mi. Huyó por los tejados y yo recorrí la distancia que me separaba de él. Sus compañeros de historias corrían mucho más lejos que yo. Trataban de proteger una calabaza gigante, y yo trataba de ocultar que era una niña fácil que solo deseaba unirse a su mundo de fantasías.
No recuerdo mucho más de aquella noche, pero entre los muros de su imaginación se juntaban las cuatro estaciones y todos los planetas del sistema solar. Y cuando yo llegué, tan inocente, lloré mi última lágrima y comencé a morir a carcajadas.

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