No se si quiera que canciones sonaban, recuerdo un piano que avanzaba tan rápido como sus dedos, pero no mucho más. Mis sentidos nos abandonaron en aquella escena de placer sin freno, los cinco: no era capaz de escuchar más allá del sonido de sus labios recorriéndome la piel, no podía ver otra cosa que no fueran sus ojos cerrándose a mi cuerpo, era inútil oler algo más que el humo agotado de un porro, tampoco podía saborear nada salvo la saliva que había dejado impregnada en mi; y del taco prefiero no hablar, simplemente se volvió loco a sensaciones.
La mayor expresión de excitación en un rostro. La mayor excitación compartida en el más fugaz de los momentos. Toda la presencia de las emociones jugando a revolucionar dos mundos por culpa de un único deseo. Nuestros cuerpos brindándose la oportunidad de ser libres y experimentar, realmente, la fantasía del sexo prohibido que se colaba entre mis ojos de niña enferma.
Llevaba puestos unos calcetines rojos, y me ha limpiado sus huellas con las sábanas de su cama deshecha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario