Aunque la voz que solo calla si en la realidad, me habla y me dice que se acerca; yo no me lo creo. Es demasiado idílica su figura como para tomar parte de mis realidades, tan absurdas. Pero aún así me preparo y sueño hasta esperar el momento que nunca llega, a pesar de que luego siempre dicen que los grandes esfuerzos merecen la pena. Pero para pena tenemos la mía que se desvanece cuando lo veo entrar, descamisado; iluminándome los ojos con el resplandor de sus clavículas besadas con el gris. Y que se confunda conmigo. Que se acerque a besarme amenazando con los dientes, pero no muerde (ojalá), solo sonríe. A mi. Y soy la dirección que encamina sus mejillas a ambos lados de mi piel. Izquierda. Derecha. Y ya ha conseguido que tiemblen mis piernas y no sepa bajar de mi fortaleza.
Pero bajo, y al pisar con los pies el suelo alguien me ha robado ya sus besos, y otro más, y otro mira. Desearía poder conservar la palidez de su carne junto a la mía. Y que al llorar sus suspiros no se caigan, guardarlos hasta el día que quede cumplida la promesa.
Pero nunca va a llegar ni a llenarme. Nunca que va creciendo desde el día en que el nombre no supo distinguir el color crema del blanco roto. Que por segunda vez, que en realidad tercera; todo sucede. Y lo que ahora ya, nunca va a suceder, es comprobar cuanto tardo en encontrar la salida una vez me haya perdido en sus piernas.
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