sábado, 9 de junio de 2012
Pero no me dejes tú.
Déjame ver tu preciosa espalda al salir por la puerta del armario cerrado. Déjame cogerte de la mano cuando salgamos a la calle y tocarte los cojones si caminamos con poca gente. Déjame cuidar de ti hasta que te consideres el tipo más feliz del mundo. Déjame encender con mi fuego tus cigarros. Déjame colgar mis bragas en los pies de tu cama y fingir que se me olvida recogerlas si me voy. Déjame besarte el cuello y susurrarte en el oído las banalidades que me muero por hacerte. Déjame exprimir tus sueños mientras la música nos invade. Déjame escucharte durante horas mientras me cuentas uno a uno tus fascículos. Déjame que te eche de menos nada más te vayas y durante el día y la noche. Déjame que preprare spaghettis para comérnoslos con las manos. Déjame con las ganas de agotarte y de follarte y que me rebientes. Déjame un par de días que podamos aprovechar a solas en mitad de la montaña. Déjame despegarte las pestañas e irrumpir en tu nariz salvando tus mocos. Déjame tu confianza guardada en un bolsillo junto a mi pecho. Déjame el cuerpo lleno de marcas, que de tus manos, que de tus dientes, que de tus deseos. Déjame escribirte a ratos, y otros ratos no. Déjame gimiendo en la cama cada noche antes de cerrar los ojos y soñar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario