Como si fuese taquicardia, sus ganas se van clavando con el paso de los días en mi corazón. Su aliento de gloria resbala por mis mejillas llegando hasta mis tetas, mojándome el muslo con su paso y dificultando el no desear sentir que le necesito la mayor parte del tiempo junto a mi. El vaho que desprende mi cuerpo cuando me toca dice que quiere sentir lo contrario, y amarlo a ratos, sin la necesidad de recibir el cielo a cambio. Tan sin pensarlo y gracias a Dios apareció para salvarme la vida. Pero me frustra la idea de que desaparezca tan de repente como vino. Sus palabras, que se vayan, tan cortantes, dulces y deliciosas que me recorren durante horas a pesar de no tenerlo a mi lado. Las yemas de mis dedos gritan -¡me acabarás volviendo loca, mon amour!- por que más que rápidas, se vuelve torpes y estancadas si respira sus deseos cerca de mi nuca.
Ahora todo el amor que puedo entregarle viaja perdido, embotellado esperando llegar a sus costas, que me recoja y lea que no tengo pensado separarme de él. Mira que le echo de menos, y gritarle que me joda.
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