Y en el momento clave de la noche, cuando la pesadilla se vuelve más oscura y morbosa, las sábanas juegan contigo haciéndose pasar por piel y se acaba el sueño de golpe, sin más. Ahí. Ahí nacen cada una de mis leyendas. Ahí es donde se conciben sus inicios y finales, donde son cuidadas por la soledad de mis dedos, alimentadas por la imaginación desbordante con la que me conservo, buscadas por las ganas y el silencio. Ahí.
Por que al igual que nosotros, humanos débiles de carne y hueso, una leyenda guarda un riguroso proceso vital, en el que nacen, avispadas; y mueren tras habernos robado hasta el último aliento. Y al contrario que las personas, discípulos del bien y del mal, las leyendas pueden ser creadas o destruidas. Solo conciben la idea maligna en sus entrañas, únicamente saben que capturar almas en sus segundos de existencia, para así, crearnos la necesidad constante de vivir bajo la aurora de una leyenda.
Las mías tienen nombre y apellidos, e incluso envidia las unas de las otras. Mis historias no saben de amor más que el sonido de mis gemidos y jadeos; y no saben de vida más que el murmullo de mis latidos a punto de explotar. Pero eso sí, agradezca cada tiempo, y ocurra donde ocurra, que se quedan conmigo.
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