sábado, 22 de septiembre de 2012

Hoy me ha despertado una amapola.

Al mirar por la ventana se veía el frío calado en los cimientos del gran edificio de enfrente, parecía una mañana de invierno, de esas que te tomas el café muy caliente y con los pies en la aún en la cama. Recuerdo que una vez escribí algo sobre una promesa que jamás se cumplió, pero no era entre personas, aquella promesa se la hizo la primavera al otoño. Y al final, ninguno de los dos pudieron encontrarse nunca por culpa de los extremos. Eso sí, cada año tratan de alargar un poco más los dedos y rozarse el uno al otro, por eso hay primaveras que mueren heladas, y otoños abrasados por el sol.
Que terrible ¿verdad? Por que mientras que todo este caos existe paralelo a nosotros, nosotros caminamos arrastrando los pies por la vida, y miramos al suelo; vamos ausentes y moribundos esperando a alguien que nos despierte de la soledad, sin pensar que con alzar un poco los ojos sobraría. Sin caer en que el amor tiene que verte las pupilas para llevarte con él, y si escondes los ojos, ya no puede penetrarte el alma. Es curioso, como todo lo que necesitamos es amor, para que nos de frío en verano y calor en invierno. Y si nos regala una palmadita en el trasero antes de irse, en lugar de decir -adiós-; mejor.

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