Deseo, por encima de todas las cosas, su cuerpo; y después, quiero la capacidad que tiene para exprimir mi corazón y transformarlo en canciones. Y su voz, que convierten estas letras en un alma nueva para mi. Que la respiro desde su aliento y se encaja en mi esqueleto, aferrada a mis costillas, cómoda entre mis órganos; y preparada, por si las manos de la bestia que toca sus melodías con voz ronca, deciden agitarme, frotando nuestras pieles, tratando de intercambiar nuestro sudor.
Todo el horror que habían vivido sus pupilas, se transformó en un tango para dos; una balada que nos llevaría a mover los pies despacio, concienciándonos de todos los destrozos que el ser humano había cometido, y haciendo acabar nuestros cuerpos pegados a la cama. Su canción fue tan sucia e indecente que me hacía humedecer, y cuando el viento se colaba por los huecos de las sábanas, con el roce, me hacía pasar frío y calor al mismo tiempo. Y así, se desató la bipolaridad de nuestros sentidos, ansiosa por mutilar cualquier recuerdo, pero pedida en la esperanza de recuperar las ganas.
Yo nunca las he perdido, pero él me ha perdido a mi.
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