martes, 27 de noviembre de 2012

Humo verde.

Cada vez hace más calor aquí dentro, y yo intento calmarme el fuego que está naciendo dentro de la cueva de Venus. Nada sirve. Arde Roma dentro de mis párpados iluminando así la noche que carece de su luna. Incluso arde tanto mi alma al fondo de mis pupilas que consigue dotar de luz también la mañana que se despierte sin sol. Me duele la cabeza y voy falta de respiración; todo el peso de mi cuerpo ha caído muerto al suelo. Sin moverse. Resucitan mis cenizas con solo pensarlo dos veces, a la tercera me pongo en pie. Se llena de vaho mi retina y la realidad se difumina en una nube. Pierdo el concepto de verdad, no distingo el mal del bien y actúo dejándome llevar un poco más a dentro. Sigo confundida entre el sonido y la visión nocturna que se enfrenta a mi, sigo desnuda. Siento el tacto de otra piel junto a la mía. Aún así, a penas soy consciente de los movimientos que realiza mi cuerpo, voy a dejar de morderme las uñas a oscuras. Tuerzo las extremidades y me hago una bola, después intento inhalar el aire que le sobra al mundo. Para que alimente mis figuras, mis colores, mi memoria. Me asaltan filosofías y las dudas tratan de atracar mi subconsciente; no quiero pensar. Rechazo la idea de un pensamiento único. Ignoro también que sea uno propio, provocando así la lucha entre las corrientes de mi cabeza.
Exploto.
Respiro. Me pinto los labios y dibujo un punto en mi ombligo para no perder el horizonte. Trato de abrir los ojos, y tras mi fracaso sigo construyendo el sueño que he comenzado.

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