Primero quiero hablar de la forma en la que él me mira, y ya después puedo contaros como cierro yo los ojitos cuando me folla. Él me mira desde dentro y para fuera, explora un par de segundos y luego se queda dormido abrazado a mis deseos. Yo cierro los ojitos un poco cuando va despacio, y a penas siento los párpados cuando me destroza.
Así funcionamos, pasionalmente desquiciados nos entregamos el uno al otro. Y nos sube el morbo por las piernas, el deseo por los brazos, las ganas nos acarician el pelo; y nuestros fetichismos se unen para formar un nirvana cerquita del suelo. Quisiera poder describir en un momento cómo algo tan pasajero se puede haberse transformado en pilar indispensable de mi pensamiento. Pero no puedo. Y no es que no busque razones, es que no las voy a encontrar: surge de pronto y como capricho del destino. Surge para asentarse en mi estómago durante las estaciones y darme risa, o placer. Ha surgido, y no podéis quitarme el rozar con mis dedos su cuello. Morder sus labios. Abrazar su espalda. Violar todos sus principios.
He encontrado algo más valioso que todos vosotros, y ni siquiera una sequía de palabras va a ser capaz de alejarme de él.
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