Le despegó las legañas una a una con cuidado, toda la brutalidad que solo mostraba en la cama hacía un paréntesis si ella estaba amaneciendo. Las metáforas que su cuerpo despertaba en su entrepierna le habían hecho comprar su mirada con un pavo real, donde cada pestaña despliega sus encantos de apareo. -Odio, odio y odio que se me caigan- susurraba a cada caricia; -Es tirar deseos cuando ya tengo todo lo que quiero.-
Y así, todos las mañanas, pedía que al caer el rimmel, aquello durara un día más. Después, cerraba los ojos y soplaba fuerte. Por mucho que él la interrogara jamás descubrió qué susurraba a escondidas su lagrimal.
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