domingo, 11 de agosto de 2013
2000
El regusto a metal guiaba mis labios por las zonas exactas de su cuerpo. Los llevaba donde nuestros instintos deseaban colarse. Y les abrían paso al sendero de la lujuria. Las cadenas que envolvían su cuello sabían a frío, y todo lo demás ardía tanto como nuestras almas pecadoras. Y por todo quiero decir que hasta las paredes se inclinaron al desafío que suponía nuestra coexistencia. Diabólicamente delicioso el recorrido de sus manos por mis pechos, torturándolos. E insoportable la distancia que separaba mis labios de los suyos cada vez que me miraba a los ojos, deseándonos.
Salimos desnudos a fumar al balcón, completamente desnudos pero ajenos a miradas y corrientes de aire nocturno. Teníamos reflejos suficientes como para colocar nuestros sentidos. Pero no nos hacía falta. El roce de mis nalgas contra su pelvis, a cada golpe, me subía un poco más al inframundo de sensaciones que estábamos creando. Y con sentir las punzadas de su pupila en mi espalda ya era suficiente.
La manera en la que estiraba mi pelo mientras engullía su tesoro representaba, sin duda, las estrías de la evolución humana. Las grietas por las que la conciencia terrestre había huido desde el comienzo de los tiempos. Ni el jodido homo-sapiens fue jamás tan salvaje y terrorífico como nuestra sed de carne. Era superior a cualquier deseo. Era un cosmos nuevo creado a partir de nuestro pequeño Big Ban erótico. Y juro que no estoy delirando, fue así.
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