Para todo aquel que haya podido disfrutarme, a ratos cortos y a ratos largos. En momentos intermitentes o en momentos de dudas. Para todo aquel, yo no habría podido existir ni un segundo más. Ni habrían existido las segundas oportunidades ni los besos nuevos, las lágrimas que caen solas y las que limpio con mi manga de vuestras mejillas. No existiría nada, salvo una enorme sensación de pánico; por que si fuera por mi, en estos momentos, estaría enterrada bajo la superficie, sin tener que volver a mirarme al espejo, sin tener que depender de la guerra; de nada, ni de nadie.
Yo estaría bajo tierra, por que el amor mueve montañas; y quien fuera quien dijera aquello fue un puto genio. Nadie sabe como puede afectarnos, estar hundidos: llorar, pensar, llorar, pensar, pensar, llorar, pensar y llorar más. Afirmar que no quieres tú tiempo, que lo rechazas, que prefieres huir y escaparte deslizándote por el papel. Sigues pendiente de vivir en tus ruinas, de dejarte llevar hasta que un día despiertes con el pelo blanco; y te habrás muerto en vida, crucificado sin amor.
Pero yo, por amor, he estado dispuesta a cometer locuras, e incluso a morir. Y cuando ya estaba todo preparado, con el material y las pocas ganas, cuando únicamente hacía falta cerrar los ojos y contar hasta tres para que todo acabase. Pensé. Pensé que no le haría tanto daño, que no sentiría remordimiento y que él moriría convencido de que la culpa fue solo mía. Y además, pensé que sería mejor vivir sometida a una vida sin aspiraciones si solo un día te lo cruzas por la calle y te da los buenos días. Así que así vivo, que le quiero a ratos cortos y le detesto a ratos largos, que no le echo de menos y que mataría por saber como le va, que confundo sus palabras y no puedo olvidar su voz, que podría tenerle entre mis piernas y ya no lo quiero dentro de mi.
Yo juré que él merecía la pena mucho más que todos nosotros, y me equivoqué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario