En el momento mis manos rozan el pomo de la puerta, mis ojos ya tienen predeterminada una dirección fija que encontrar. Y al ritmo de las canciones, las pupilas se van posando, una por una, en todas las espaldas que rodean los adjetivos palpables. Y no, ha vuelto a fallar toda esperanza, a derrotar el grosor de una pared, y a romper cualquier preparación previa.
Decepcionante, pero enternecedor.
Y me sorprende de siga pensado en ello de la misma forma en la que se creó esta corriente de sentimientos en mi cabeza, no cambia. Y lucha contra lo monótono y aburrido, pero lo cierto es que no lo es. Es brillante. Es alzar la cabeza y que la luz rebote contra sus mejillas, y que estas sean capaces de iluminar dos habitaciones enteras: la suya, donde gasta las horas haciendo arte con las manos posadas en su guitarra; y la mía, en la que es recordado casi cada dos segundos, con la esperanza de poder colarse en la primera, y hacer así arte con mis manos posadas en su cuerpo.
En el momento mis pies han cruzado el umbral y, ya antes de coger sitio, no se cruzan con sus secretos; desde entonces, todo ha dejado de tener sentido.
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