jueves, 27 de diciembre de 2012

Me pido ser doce uvas de la suerte, para que me arranque la piel.

Igual que el invierno enfría mis dedos, su aliento calienta mi corazón; por que en a penas unos segundos todas mis fantasías caben entre sus labios. Me siento próxima a rozar con las uñas su pecho, a estirar de él. Me entrego a la suerte de un beso que late suave mientras mi culito resbala al borde de la repisa de una ventana.
Estamos en mitad de la calle, irrumpiendo en la evolución humana para ir hacia atrás -y empotrarme hacia delante-; estamos deseando que se despeguen los segundos como la ropa, desentendiéndose de nuestros cuerpos para formar parte del suelo. Que podría derrumbarse un edificio a nuestros pies y a penas nos daríamos cuenta, que cuando nos concentramos en clavar nuestro sexo en nuestras pupilas no hay viento que consiga entretenernos. Que queremos silenciar vuestros gritos callando el silencio con mis gemidos. Y si no te parece bien: no mires, por que mis piernas morenas hacen contraste con su espalda y te puedes escandalizar. Así, agarrada a su cintura dejándome clavar lujuria en mi entrepierna. Deseo carnal del infierno, que se apodera de nuestras sombras en cualquier callejón, cuando divisa la mínima intimidad para la carne. Pedacitos de pecado recién hechos, para saborear con los ojos cerrados y la boca abierta de par en par. Esperando. 

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