martes, 5 de febrero de 2013

Da gusto vivir al límite.

Hasta el pelo se me ha secado con su calor, en la cama. Rozando, casi quemando nuestra piel con las fronteras del tiempo, para desafiarle a los segundos de vida que nos quedaban, un poco de picardía. A mi casi me matan las ganas, estiraban mi piel contra la suya, pidiendo con su llanto que, por favor, pudieran pertenecerle a él. Dios, cuánto he deseado en tan escasos minutos de placer. ¡Puta injusticia! Con que me hubieras permitido sentir su carne golpeando con fuerza mi lujuria, solo por un par de segundos más; con que hubieras cedido en mi único deseo de transformarme en un trozo de cuerpo para un instante. Solo con que nos hubieras dicho "hacedlo", solo con una palabra, nosotros habríamos parado el tiempo para siempre entregándonos a un suicidio visible. Pero habríamos sido felices, jodidamente felices. 
Y si tú, maldito reloj que marcas las horas que nos condenan, tú; hubieras deseado ver como cedíamos al deleite de nuestra mente mediante nuestras manos, podríamos haberlo hecho, jamás te habríamos culpado. Pero la crueldad de tu mirada no nos ha permitido ni siquiera empezar. Y de sobra sabes que me pierde el deseo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario