viernes, 31 de mayo de 2013

Pirata.


Tenía magia en cada peca, y sus grandes ojos redondos hacían que cualquiera se posase bajo sus pies. Sus dientes jamás se escondían y era hipnótica la manera que tenía de sonreirle al mundo. Hechizaba hasta las baldosas sobre las que caminaba, y entre sus embrujadas estaba yo. Latente bajo el control de mis deseos por parte de su mente, el manejo de mis ganas y las catástrofes que provocaba mi lujuria.
Tal vez no fuimos locos y solo estuvimos enamorados por un segundo, pero en infinitas dimensiones. Tantas, como veces pensé en que me hiciera el amor en mitad del desierto. Seco y triste, pero con la esencia más deliciosa que mis labios hayan tenido la oportunidad de catar.
Nuestro dolor quedaba cerca del abismo, era una mezcla entre calambres y poesía, entre la picadura de una avispa y el polen que esta acababa de comer. Nuestra felicidad era escasa como la nada, inapreciable a la vista del hombre, casi transparente a los ojos de los dioses.
Así, como una enfermedad, como un latido, como insecto, como el aire, como el dedo meñique. Común, común no.

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