Nos recuerdo tumbados en el balcón, los cuatro, fumando hachís, bebiendo cerveza y muriendonos de frío; pero aquello era vida. Como siempre, los dieciséis nos separaban de la calle, pero no del ruido, escuchábamos la contaminación de los coches y alguna que otra banda sonora de sus radios. No dejábamos de reir y de hablar sobre ir a cenar perritos calientes, no dejábamos de ser nosotros mismos por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Hicimos una visita guiada por la casa, pero ya solamente quedábamos tú y yo, los demás seguían creando su paranoia; no llegamos a ver la mitad de las habitaciones de la casa. Me venciste sobre la primera cama a la que nos acercamos y comenzaste a quitarme la ropa, yo te la quité a ti. Nos fundimos como sabíamos que iba a pasar, y como tantas veces lo habíamos imaginado. Superó cualquier expectativa, a pesar de que nunca más volví a acariciar el vello de tu nuca.
Todavía tenemos pendiente cenar aquellos perritos.
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