Mis tetas colgaban paralelas a sus caricias, a su cintura que estaba golpeando ferozmente la mía. Su pelvis se marcaba en mi como el otoño marca a la primavera, desde lejos, pero tan próximos que me hacía estremecer. Era un estado glorioso de satisfacción y felicidad en estado puro, como la nieve. Y es que nuestros cuerpos estaban formados de recuerdos de otras vidas, que se unían formando un nuevo arte a partir de vestigios del pasado. No es solo sexo, pues en nuestras manos somos capaces de guardar más amor que vosotros en toda vuestra vida. Va mucho más allá de las fronteras de la mente humana, incluso de la física y de la química y de todas las teorías que se hayan podido formular desde el Homo Sapiens.
Nuestros antepasados estarían orgullosos, Dios si lo estarían. Hemos batido récords a desearnos, muy por encima de nuestras fuerzas, muy por encima del sol cuando se posa arriba del cielo por la mañana. Vamos a construir nuestra forma de vivir la vida y a preguntarnos quienes somos cuando nuestra existencia se resuma en sudor.
Ya no pensaba en nada que no fuera seguir dentro de la cama una eternidad más, tal vez diecisiete. O veinte, o hasta que nuestro planeta decida explotar en si mismo, si no conseguimos hacer nosotros dos que estalle. Envidiadme, hijos de puta; envidiadme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario