Recordando todos los lugares donde he amanecido, me viene a la cabeza un largo paseo bajo el sol. De noche, siguiendo el aroma del azúcar en el aire, y yo sentada en un viejo sofá tratando de aguantarme la risa. Igual que la historia que encerró a dos jóvenes tras una persiana cerrada; esta va a sepultar a quienes fueron amantes entre las mismas pareces donde se dejaron llevar.
Ha pasado un año, un año desde que me robó la respiración por última vez a cambio de fuego. Lo que se formó como una promesa de renovar viejos besos, se volvió en una orgía sentimental donde tras la conversación fluida, fluía droga de los botes de Nocilla. Las guitarras llamaban a gritos todas las canciones que había escrito en mi espalda, incluso algunas melodías nuevas. Mi amor se transformó en dos sombras agresivas y sucias que trataron de hacerme disfrutar con cada acorde, sin darse cuenta que mi placer venía a cada momento que se retiraban el pelo de la cara. Fui consumiendo la noche cimentándola en mentiras, pensando que con el paso de los años un par de horas podrían ser nuestra tradición, incluso el único momento que podía unir nuestro espíritu inmortal. Pero como siempre en las páginas de nuestra historia, el tipo turbulento decidía como íbamos a acabar.
Cerré la puerta de aquella casa en mi nube pero jurando que volvería a sentarme entre sus cojines, frente al mar. Y ahora, 12 meses después, solo la he visto de lejos; y seguro que su habitante ni siquiera ha sentido mi melancolía cuando se me escapan los suspiros al buscarlo tras la ventana.
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