viernes, 18 de enero de 2013

Puñalada.

La primera vez que escuché el sonido de un cigarro al consumirse fue de sus labios. Creo que he hablado de ello miles de veces, pero las primeras veces nunca se olvidan. Ahora, con el paso de los años, solo recuerdo el momento en el que se iluminó su marlboro, y la habitación a oscuras. Todo lo demás carece de importancia o de significado.
Me da miedo que se me borren mis recuerdos, y me siento orgullosa de haber podido proyectar sus ejes sobre mi espalda; pero es una sensación llena de terror. Está ahí, mirad al miedo a los ojos y podréis verlo. Ya solo quedan cuencos vacíos de memorias, incluso los cuencos sobre los que se posaba su mirada se han ido fundiendo. Ha transformado su belleza en una inexistencia que soy incapaz de explicar. La vida ha cambiado, y con ella sus normas. Queda lejos sentir con los dedos las líneas de sus manos, cruzando amuletos por la cama, despertando temblores que solo yo era capaz de controlar.
Pero no echo de menos, desde luego que no. He perdido un gramo de arena que algún día se transformaría en cristal -o yo en cenizas-. Pero he ganado un diamante que brilla más que aquel cigarro, incluso con la luz encendida.

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