Me acorraló contra la esquina de la cama de sábanas verdes que a penas se veían de madrugada. Aunque jamás llegué a fijarme en la hora que era, simplemente era el momento de atacar, ¿qué más daba lo que el reloj decidiera marcar? Llevábamos toda la noche sumergidos en una nube de presiones y dientes, nuestras ganas eran como el lobo feroz de los cuentos: tenía una ansiedad brutal y estaba dispuesto a todo. Ambos los estábamos en realidad. No hizo falta quitarnos la ropa, se nos cayó al suelo y huyó lejos escandalizada, no hizo falta ni un beso para que mi cuerpo humedeciera suspirando su nombre. Nos hicimos el amor y la guerra, durante horas. Tan solo sentíamos corrientes de placer, y una detrás de la otra. Corrientes que guiaban nuestros impulsos, y a las que estábamos dispuestos a ser fieles hasta que fuera nuestro organismo quien gritara -basta-.
Y así responden nuestros cuerpos, se dejan llevar, se dejan acariciar uno contra el otro esperando que florezca una respuesta, un gesto o un gemido que corte el silencio en varios trozos. Insaciables, nos alimentamos de nuestra carne y sudor. Que cuando se aleja un poco de mi, vuelve y estoy ardiendo.
Y así responden nuestros sentimientos, como mezclando pólvora y adrenalina en nuestras gargantas, un poco enfermos.
De lo mejor que he leído desde hacía tiempo, vuelves a ser tú. Has encontrado una rosa verde el tu torre.
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