martes, 16 de abril de 2013
El rey David compuso para ella su Aleluya.
Dice que no soy buena para él, que solo en en pequeñas cantidades. Pero el dibujo de su cara no dice lo mismo, el de mi cuerpo tirado en el suelo aunque se me rajen las medias de arriba a bajo. Dice que existen interrelaciones entre nosotros, de las malignas. Pero yo no las veo, únicamente me siento flotante cuando respiro un segundo de su cuello.
Como rompiendo las olas, como agua, así son nuestros abrazos. En mitad de la calle, cayendo la noche, me esperaba apoyado mientras fumaba, de espaldas a mi paso y mi camino. Y entonces yo le susurro, y él se da la vuelta, y me mira a los ojos y sigue siendo el mismo que hacía un mes. El mismo que me había abandonado a mi suerte durante 48 horas. Se aleja, y se acerca hasta donde se deslizan mis pies, deja su peso colgando de la pared, y acoge el mío. Se cruzan sus brazos en mi espalda, su barbilla en mi clavícula, y nuestras orejas deciden que no desean separarse. Ambos cerramos los ojos, y el tiempo circula a ciegas mientras las farolas ni se ven.
Comienza la conversación, joder, le entrego mi discurso en un sobre cerrado y le pido que lo lea. Se niega prefiriendo la opción de seguir mirándome, y mientras, narro como mi Dios ha hecho que transcurriera mi día. Me ofrece un cigarro, fumo, y la sombra de la autoridad aparece por la esquina de su espalda. Comienzo a temblar, me disculpo, me tropiezo, me pego a la pared para que no se vea mi cuerpo, encojo los hombros, abro la puerta, me fallan las piernas, respiro encerrada escuchando sus voces, corro, me pongo nerviosa, huelo el miedo y ya consiguen atraparme.
Me siento, le escribo. Lo he vuelto a perder.
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