El rastro de sangre que va dejando mi cuerpo después de su zarpazo solo hace que marear mis sentidos. Me ha arrancado el equilibrio y cualquier rasgo de conciencia que le pudiera quedar a mi cuerpo. Ha sido con sus manos, con sus uñas, con sus pupilas y contra mi ser.
Puedo ver. Puedo incluso memorizarle sin olvidarme de ninguno de los planos de su mirada poliédrica. Susurra lento, ha hecho que el tiempo se convierta en una masa y que parezca que el espacio sea más pequeño conforme habla. Voy a volver a mis raíces para poder escucharle, poder cantar la misma melodía los dos al mismo tiempo para hacer todo lo que deseemos. Y nuestros cuerpos deseaban flores. Lo hicimos, las creamos, crecieron, y vimos los horrores paseando por las cuencas de nuestros ojos, silbando a solas.
Que hay demasiadas brumas que deberíamos despejar antes de acercarnos, y también existe un grito de auxilio al que deberíamos escuchar. Nos llega del exterior, ¿lo oyes? No vocalizamos, pensamos en dormir pegados, en crear comodidad entre el viento y nuestros cuerpos.
Dormimos durante cien años, nosotros mismos fuimos el veneno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario