sábado, 4 de junio de 2011

El bar polaris a media noche.

Podía notar el viento frío calarse en mis huesos a pesar de que él me estuviera abrazando, habíamos escogido el peor lugar para escondernos en una noche de tormenta, un balcón, pero no uno cualquiera, uno con vistas al mar, podíamos ver difícilmente la curvatura de la tierra en el horizonte y escuchábamos como las olas venían revueltas y se llevaban el agua a la inmensa profundidad de los océanos; y allí estábamos nosotros, notando la humedad en nuestros hombros y la carne de gallina, pero sintiéndonos el uno al otro, y era maravilloso; no recuerdo bien porqué motivo acabamos refugiados bajo el tejado de la terraza de una habitación de la planta cuarta, ni tampoco de qué nos escondíamos exactamente, supongo que en el momento en el que me cogió de la mano y comenzó a guiar mis pasos por las escaleras de aquel viejo hotel de costa todo perdió su significado y ganó un nuevo sentido: el de hacerle el amor a michael bajo el frió de las estrellas tristes y la luna llena.

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