No veía cuando el humo salía de tu boca, pero a veces lo sentía en mi pelo, o en la cara; siempre me ha parecido asombroso el sonido de un cigarro al consumirse, y me relajaba escucharlo, sobretodo cuando dibujabas corazones con los dedos en mi tripa; tú te reías de mi porque quería que llegaras hasta el filtro; pero es que nunca he deseado tanto que tardaras en fumarte tus malboros como en aquellas noches, cuando el fuego de las colillas era lo único que nos iluminaba, alumbraba tu habitación en noches de silencio absoluto, con el minisol apagado. No necesitaba más para sentirme feliz, y lo era.
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