Ocho y ocho dieciséis, y eran esos, justo, dieciséis, las barras de metal que me separaban de estar sentada en el balcón a la felicidad máxima, su sofá; me daba igual lo que ocurriera en el, era siempre perfecto, desde estar escuchando su música a jugar a "cassandra", merecía la pena todo aquello, y la forma que tenía de reírse cada vez que hacía un "ataque especial", de esos que salen por suerte, pero que tan bien le salían a él, y sus carcajadas eran únicas, venían desde lo más profundo de su estómago y se juntaban con nuestras respiraciones, hacían que latiésemos al compás de las espadas. Poner atención en las cosas que me decía y cómo, despacio, me enseñaba las cosas que yo tenía que hacer, es mucho mejor escucharlo a él que las ambulancias, que ni siquiera se de donde vienen ni a dónde van.
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