Rajamos el tejido espacio-temporal millones de veces, con cuchillos de voz afilada, jadeos cortantes y gemidos resplandecientes. Tal vez para alguien que vivía su vida fiel al carpe diem no tenía mucho sentido, pero para mi cada minuto consumado en su cama se sentía una eternidad húmeda, e impregnada de su aroma.
El verano se volvió algo maravilloso y infinito, y desde entonces, las otras tres estaciones se fundían en un recuerdo esperando a volver a sus noches. Pero nunca regresé, por lo menos no como entonces.
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