Dicen que la sangre sabe así, entre hierro y espada; pero ya no me cuestiono si merece la pena morir por tus ojos; mi respuesta siempre será sí. Se que seguirán siendo grandes y negros aunque no los desee, aunque lleves a ellos la noche; pero lo cierto es que jamás me cansaría de beber su luz. Una mirada limpia como la que posees es la que quiero que me abanique cada mañana.
Noto que el amor sabe a sangre, derramada, entre desesperación y ganas; pero si tú sonrieras a mi suerte, robándome la impureza hacia ti, no me entusiasmaría tanto la idea de respirar latientes del mismo aire. Cuanto más me rehuyes, más deseo acercarme a ti, y casi lo consigo mientras sola, vero arder cerillas en el mar.
Ocurrirá, aunque soportar etapas tan largas sea angustioso, y derrame lágrimas por sudor. El viento, hecho llama de fuego, va a llevarte hacia mi, confío en ello. No se que sucederá entonces, pero me muero por venderme, dejar de ser yo, y formar un capítulo completamente nuevo en tu carne.
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