domingo, 1 de mayo de 2011

Piensa en él, en su sonrisa, en su pelo alborotado.

Nos demostramos de mil y una formas que nos queríamos, entregándonos el uno al otro mirándonos a los ojos bajo las sábanas. Nos recuerdo vibrando calientes y sudando, y como al gritar tu nombre entre gemidos todo parecía recobrar un sentido especial; te miraba y veía tus ojos brillantes, y como tus labios sonreían y se mordían al compás de nuestras pulsaciones. Bajo la colcha todo era calor, caricias y pellizcos que se confundían entre mis gemidos y tus jadeos; y así aguantábamos horas, hasta el final de la noche, hasta que ya no distinguía mis manos de tu espalda, mis muslos de tu entrepierna. Entonces entre temblores estremecíamos estallando en un fundir de sensaciones de un par de segundos, y una fuerte presión en el pecho que permanecía un rato más con nosotros, pero merecía la pena sentirte y conocerte de ese modo, ¡y tanto que la merecía!

A pesar de que luego volvíamos a ser dos dejando de latir juntos, para que corrientes de aire frío, desde las afueras de nuestro paraíso de tela y muelles, nos invadieran; aire frío que se colaba por los diminutos huecos por los que aun pasaba la luz del exterior, y que llegaban a mi piel dejándome la carne de gallina.

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