Nunca había escuchado truenos de aquel modo, parecían bombas estallando contra cristales, me dolían los oídos y me mareaban cada vez que resonaban; aunque mis delirios también podían ser por culpa de la claustrofobia y de la situación.
Nos habíamos conocido demasiado rápido, y es que él lleva esa palabra escrita a fuego en su pecho; nos habían presentado esa misma noche, horas antes, uno a cada lado de la barra de la 3. Habíamos llegado lejos, sin él saber quien era yo, y sin imaginarse que me se el nombre de cada una de sus pesadillas; era todo un mito para mi, y ahora, estábamos encerrados en un ascensor, en el ascensor de su casa, mientras los dioses del Olimpo, los mismos que perfilaron cada detalle de su cuerpo, castigaban a toda Valencia con la tormenta mas espantosa que jamás habían visto.
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