Había un gen enfermizo en toda aquella naturaleza y la hacía todavía más perfecta y hermosa a los ojos de cualquier mortal; era increíble como algo tan sencillo y pequeño podía tener aires de grandeza tan delicados, podía estar hecho a propósito, pero yo siempre pensé que el azar había posado su mano bajo los nervios de las hojas de estas curvas. Mi abuelo no creía en la suerte, ni en estos casos ni nunca, solía echarle la culpa, o dar las gracias, a los miles de años de experiencia de aquella cultura, pero no podía ser todo inteligencia artificial provocada por la falta de recusos cuando las paredes se deshacían con solo rozarlas y los coches con rozarse no lograban estallar.
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