Como un mono, él, miraba de reojo que sucedía en la plaza cincuenta; y nosotros sabíamos que nos estaba vigilando desde su ventana, pero no era la primera vez, no nos sorprendimos y, como siempre, nos pusimos a dar la nota.
Ninguno de mis tres peculiares compañeros de batallas sabía que en realidad a quien buscaba era a mi, como tantas veces yo le había espiado con la respiración cortada; pero eran y siguen siendo hijos de la mas pura extravagancia, y cren captar pupilas de cualquier mirada.Salimos de nuestro escondite de paredes de oficina y plantas, donde llevábamos horas, como cada tarde de malavida y buenas compañias; cogimos la cámara de vídeo, compartimos un ultimo cigarro, y mientras los cuadros y el doctor nos observaban perplejos, me acerqué al roble, colocándome en medio de los ojos del curioso, justo al lado de la estatua de la mora.
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