Con la mente en blanco y los ojos cerrados me dejo llevar ciegamente y de espaldas por el camino de la tristeza, aunque en realidad de que sigo sentada, desnuda, mojada y llorando en el mismo suelo de baño que hace once minutos y veintiún segundos, sobre la misma toalla y con la misma canción de fondo; tú la escogiste para mi, me escribías su letra continuamente y me explicabas cada una de las palabras de Barret. Lo que nunca llegaste a decirme es que pudieran tener un significado tan cruel y egoísta, que es el único que consigo escuchar yo ahora, justo después de que me hayas colgado diciéndome que no.
Muero cuando dices no.
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