Apoyando los codos en la repisa de la ventana, fuma. No lleva camiseta y no quiero ni pensar si llevará puestos los pantalones, pero no dejo de mirarlo; su escondite es una habitación de hotel, en el segundo piso, con vistas a la calle; y mis ojos, junto con mi cuerpo y mis ganas de tocarlo nos escondemos en el aparcamiento esperando a que mire y sonría, o simplemente el viento mueva el pelo de su cabeza. Estoy sentada en el suelo, admiro su bellaza irreal, y alguien, justo detrás mío, bajo del túnel, está cantando una canción con una guitarra, algo de una gran señal, mientras él, a mi, me hace señales de humo con la boca. O eso me dice mi subconsciente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario