lunes, 5 de marzo de 2012

Herencia de la carne.

Ha sido como droga, droga pura que llega directamente a las venas y envejece la sangre convirtiéndola en un monte de dudas, que se cree pecho. Ahora mismo no escribiría sobre otra cosa, sobre nadie más; mandando a la mierda a cualquier otro hombre que me haya tenido. No me culpéis, lo necesito. Incluso su whisky derramado por mi piel es malo, lo se; pero lo deseo. Le deseo. Deseo indagar en el hueco que queda de sus costillas, tan simétricas y abismales; que son capaces de hacer que la luz parpadee; y se vuelquen los planetas a favor de las líneas de su piel, que son pliegues casi inapreciables que lo hacen completamente delicioso. Un arma de seducción, un instrumento de extremada fantasía. Un cuerpo que es el suyo, y que me muero por sentir un poco más de cerca; tal vez desde una primera fila.
Se llama teatro; él, hombre de deliciosa piel pálida y pelo largo; él, inspirador de mis musas cuando cae la noche sin darse cuenta; él, capaz de rozar Nirvana con el bello de su ombligo; él, Hamlet, mi aspiración, mi deseo, y el protagonista de esta obra que es mi noche. Ser, o no ser. Vivir, dormir. Seamos, vivamos, durmamos, corramos, venguemos, creamos. Y así, hasta que me desgastes la vida. No importará.

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