El espectáculo de luces de Hong Kong despidió la noche, tan solo eran las ocho y media de la tarde, pero el día se había hecho eterno desde que desapareciste, y era consciente de que ya era hora de cerrar, con telón, mis pupilas en aquel momento, o para siempre.
Caminé hasta el hotel. Me di un baño de agua caliente, azul. Y me masturbé pensando en ti con una selección de la mejor música.
Había dejado de tocarme, ahora me hacía el amor con unos dedos que me recordaban tus promesas; palabras que ahora trepaban por mis piernas y se dejaban caer. Como yo. Hundida.
Extrage todo el aire que quedaba dentro de mis pulmones, me quedé perdida en mi propio metavolismo canival, rodeada de un esqueleto inútil al que habías dejado de dar vida; en mitad de un océano de cerámica, con unas olas formadas por los acordes de una guitarra y pensando en ti.
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